
La agricultura orgánica se practica prácticamente desde el nacimiento de la agricultura. Sin embargo, la agricultura orgánica moderna comenzó a tomar forma en Europa alrededor de 1920 y, durante sus primeros años, tuvo que abrirse paso frente al creciente auge de la agricultura química.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el movimiento orgánico se consolidó con base en principios como el equilibrio biológico y la fertilidad del suelo, por lo que el aporte de materia orgánica fermentada pasó a ser un elemento esencial dentro de este modelo de producción.
Entre las décadas de 1970 y 1980, con el incremento en la demanda y comercialización de productos orgánicos, pudieron establecerse símbolos, principios y esquemas más claros del movimiento orgánico. En 1972 se constituyó en Francia la Federación Internacional de Movimientos de Agricultura Orgánica, conocida por sus siglas en inglés como IFOAM (International Federation of Organic Agriculture Movements), cuya finalidad fue evidenciar los efectos negativos de la agricultura intensiva basada en químicos e impulsar la importancia de la agricultura biológica.
Durante la década de 1980, la agricultura orgánica comenzó a desarrollarse con mayor fuerza en gran parte de Europa y en Estados Unidos, impulsada por consumidores cada vez más interesados en conocer el origen de sus alimentos y los métodos utilizados para producirlos.
En México, la certificación orgánica surgió formalmente en 1962 con inspecciones realizadas en fincas cafetaleras de Chiapas por parte de la certificadora alemana Demeter. Impulsada inicialmente por la exportación de café, evolucionó de auditorías internacionales a un marco regulatorio nacional robusto bajo la Ley de Productos Orgánicos (LPO) y el sello oficial de SENASICA, con el objetivo de garantizar la trazabilidad y la confianza del consumidor.
Este movimiento inició con la necesidad de certificar café, cacao y otros productos destinados a mercados europeos, utilizando en muchos casos organismos certificadores extranjeros como Demeter, Naturland e IMO-Control.
En la década de 1980, las cooperativas de pequeños productores comenzaron a certificar sus cultivos orgánicos, posicionando a México como un referente en producción orgánica, especialmente en la región del Soconusco, Chiapas.
El mayor crecimiento y comercialización de la producción orgánica comenzó a mediados de los años ochenta, con la exportación de diversos productos, incluyendo el café. Hacia finales de esa década inició la organización cooperativa de productores orgánicos en Los Cabos, enfocada en la producción de hortalizas orgánicas. Posteriormente, durante la década de los noventa, comenzó la producción orgánica de miel, agave, jamaica, vainilla, aguacate y ajonjolí, entre otros productos.
Con el paso de los años, el concepto de lo orgánico dejó de limitarse a ciertos cultivos y comenzó a extenderse a otras categorías de alimentos, incluyendo los productos lácteos. Cada vez más consumidores buscan alternativas que no solo sean nutritivas, sino que además provengan de sistemas de producción responsables con el medio ambiente, el bienestar animal y la salud de las personas.
Es en este contexto donde marcas como Bové han encontrado un propósito claro: ofrecer productos elaborados bajo estándares orgánicos certificados, respetando los principios que dieron origen a este movimiento. La leche orgánica Bové proviene de vacas alimentadas con insumos orgánicos, criadas bajo condiciones que priorizan su bienestar, con acceso al pastoreo y sin el uso de hormonas sintéticas de crecimiento. Además, los procesos involucrados en la elaboración de sus productos cumplen con los lineamientos establecidos por las autoridades correspondientes para preservar la integridad orgánica a lo largo de toda la cadena de producción.
El compromiso de Bové va más allá de ofrecer un producto de calidad. También busca contribuir a una forma de consumo más consciente, promoviendo prácticas que favorezcan el cuidado del suelo, del agua y de los ecosistemas de los que dependen nuestros alimentos.
Asimismo, detrás de cada producto existe un trabajo constante para garantizar que la identidad orgánica se mantenga desde el origen hasta la mesa del consumidor. Esto implica procesos de verificación, capacitación y supervisión continua que aseguren que los estándares orgánicos se respeten en cada etapa.
La historia de la agricultura orgánica demuestra que producir alimentos en armonía con la naturaleza no es una tendencia pasajera, sino un regreso a principios que priorizan el equilibrio, la responsabilidad y el respeto por los ciclos naturales. Hoy, elegir productos orgánicos como Bové representa una decisión que beneficia no solo a quien los consume, sino también a las personas, animales y recursos naturales involucrados en su producción.
